5 de mayo de 2019
Dios da y quita y sus designios no deben cuestionarse. En septiembre de 2017, me encontraba yo en la búsqueda de un inquilino para mi casa en Caracas ya que desde hacía un año y medio, el inmueble se encontraba deshabitado y me preocupaba el tema de la seguridad, lo cual es una preocupación común en la Caracas de hoy en día, y por el deterioro inevitable que ocurre a una casa cuando no está ocupada y mantenida.
En esos días apareció una corredora de bienes raíces que aseguraba tener al cliente "ideal", un "caballero" según sus palabras. En vista de la premura por alquilar el inmueble, decidimos concertar una cita con el individuo para evaluar sus condiciones.
Unos días más tarde, sonó el timbre de la casa y, al abrir la puerta, nos encontramos con la corredora y un tipejo "retaco", como decimos nosotros de los hombres bajos, regordetes y llenos de ínfulas, de nombre JUAN JOSE MOLINA. En un marcado acento andaluz, el hombrecillo procedió a describirse como un empresario exitoso y poseedor de villas y castillos tanto en Venezuela como en su Andalucía natal, específicamente Marbella. Casi de inmediato, el tipejo comenzó a declarar su encanto con la casa y los diferentes cambios que él realizaría al diseño de la casa en caso de convertirse en su propietario. Tomamos café mientras escuchábamos el relato del hombrecillo hasta que, agotada la narrativa de sus logros y hazañas, procedimos a despedirnos, ya con algunas reservas sobre su verdadero carácter.
En vista de sus numerosos "compromisos" y "responsabilidades", no fue posible concretar ninguna negociación directa con el pretencioso andaluz y en su lugar, nuestros contactos se llevaron a cabo a partir de ese momento a través de su "apoderado legal", RONALD EDGARDO LINARES, con quien afinaríamos los detalles de cualquier acuerdo posterior.
Al cabo de unos días, recibimos un borrador de un contrato de arrendamiento con opción de compra por la casa y, dada la premura ya que debía regresar a Miami próximamente, procedimos a aprobar los términos y condiciones del contrato y hacer entrega del inmueble al nuevo inquilino.
Tan pronto concluyeron las negociaciones, comenzaron los problemas. El "caballero" Molina pagaba mal y tarde y se ofendía ante cualquier insinuación sobre pagos puntuales según lo acordado. El contrato además estipulaba claramente que no se llevaría a cabo ningún trabajo de remodelación ni refacción al inmueble sin la aprobación expresa por parte de la propietaria. En un despliegue de soberbia olímpica, y sin notificación alguna según lo pactado, el inquilino procedió a realizar trabajos de remodelación y construcción no autorizados y peor aún, con materiales de baja calidad y pésimo gusto, dignos del más encumbrado "nuevo rico".
No contento con violar sus obligaciones contractuales en cuanto a la forma de pago del canon de alquiler y la prohibición de realizar trabajos que alteraran el carácter del inmueble, "ofendido" por los reiterados reclamos de cobro, el retaco decidió rescindir la opción de compra, romper contacto con los propietarios del inmueble, y hacer con la casa lo que le salía en su real gana.
El contrato de arrendamiento tenía vigencia hasta el 21 de septiembre de 2018 y contábamos los días para que terminara la pesadilla y recuperáramos la casa. Repentinamente, y de forma unilateral, los pagos de alquiler cesaron en el mes de junio. En su lugar, recibimos una relación de "inversiones" presuntamente efectuadas a la casa en remodelación y construcción, el monto de la cual ascendía a varios miles de dólares. En vista de lo anterior, el inquilino, en contravención flagrante a los términos del contrato, informó que los alquileres de los últimos tres meses se deberían descontar del depósito entregado a la firma del contrato. Además, señalaba el "caballero" MOLINA a través de su testaferro LINARES, éste permanecería ocupando el inmueble hasta el 21 de enero de 2019 para así "amortizar" la "inversión" hecha al inmueble.
Cuando finalmente, en el mes de abril de 2019 y ante las reiteradas amenazas del abogado que nos vimos en la obligación de contratar para tales efectos, el "caballero" Molina desistió de la ocupación ilegal del inmueble, y luego de sustraer (robar) materiales y equipos de la misma y dejar el inmueble en condiciones deplorables, desapareció de nuestras vidas. Queremos con esta breve narrativa advertir a cualquier víctima potencial de estos malhechores sobre su conducta criminal con la finalidad de que nadie más se convierta en presa de estos ladrones y estafadores.
La información anexa comprueba el carácter delictivo de las actividades de este par de truhanes. Lamentablemente, no fue sino meses después de firmado el contrato que nos pudimos enterar de ella.
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